Ya
el tiempo me ha dejado recordar todo lo acontecido. Ya el tiempo me ha dejado
rememorar todo lo pasado exhaustivamente. Aquel día me levanté en Munich,
inquieto pero con más fuerza en mis piernas que toda una manada de elefantes
juntos. Era normal, muy normal, estaba a horas de jugar una final de la
Champions League contra el todopoderoso Bayern München y encima en su estadio.
Verán, conmigo especulaban en invierno. ¡Querían llevárseme a China! ¿Qué iba a
hacer yo en China si son todos tan pequeños y yo tan grande? Lo remataría todo,
demasiado fácil, a mí me gustan los retos. Sí, yo rindo bajo presión. Y si no
se lo creen, que hagan una encuesta a los jugadores y entrenador del mejor
equipo del mundo. Yo les amargué la eliminatoria, yo la peleé y yo obtuve mi
premio. En la portería estaba Mister Petr con los guantes y el escudo
preparado, cuatro en defensa comandados por mis amigos John y Ashley, cinco en
el medio centro perfectamente alineados en torno a nuestro querido “Frankie” y
arriba yo, solo ante el peligro, para pelear todo y contra todos. Cuando digo
todos me refiero a Puyol, a Mascherano, o a Pique, que ya es bastante. Bien,
como decía, me crezco ante la adversidad. Me mandaban pelotas, yo las bajaba
con el pecho y me creaba la jugada. ¡Tuve que tirar hasta del centro del campo
tras zafarme de Puyol y dos más como pude! Fue preciosa esa jugada.
Pero claro,
esta eliminatoria tenía una sorpresa preparada para “la vieja guardia”.
Frankie, Ash, John, Petr y yo, no podíamos culminar nuestras carreras sin una
“orejona”. Nos conocen mundialmente y, ¿no vamos a ganar una orejona?, ¡venga,
hombre! El sufrimiento está hecho para nosotros, y la gloria también. Somos
históricos pero queremos ser eternos. Digamos que se nos recordaría, pero
nosotros queremos un hueco en el Olimpo.
Frankie
corrió más metros que los guepardos en busca de comida y saco el tiralíneas
para que Ramires dibujara esa parábola con esa frialdad, Ash y Terry trabajaron
a destajo como si de un muro se trataran y Petr se salió con paradas de ángel
volador. A punto estuve de fastidiarle la eliminatoria con el penalti a Cesc,
solo era para darle emoción. I promise.
Mientras que yo, saque mi repertorio técnico, táctico y físico y me lucí. Me
posicioné perfecto para ocupar yo solo una amplia zona del campo y luché a
destajo para ganar todos los balones. Enchufé el primero tras una contra de
libro en el partido de ida. En la vuelta, me dediqué a aguantar todo lo que se
me venía encima, pero nada me hundió. ¡Hasta emulé a Ash jugando de lateral
izquierdo!
Bien,
como ya he dicho, estaba en Münich. Antes de salir al campo, John, que no podía
jugar, me cogió por banda y mirándome fijamente a los ojos me dijo:
“Didi, tu
eres el máximo goleador de la historia del Chelsea en esta competición. Eres
demasiado grande como para irte de este club sin conquistar este máximo trofeo
continental”. El discurso agresivo y serio unido a sus tajantes palabras
hicieron que me pusiera más firme. Además, mi amigo Mou dijo que no llegaríamos
a la final. Lo conseguí pero quería taparle la boca hasta el final. Las
innumerables bajas que teníamos no nos hicieron decaer, todo lo contrario,
motivación extra para dedicarles el título. Salí al campo con las manos atrás,
el pecho fuera, la cabeza bien erguida y con las uñas afiladas más que nunca.
Nuevamente, me tocó pelear a destajo y crear y desatascar todo el juego de
nuestra transición ofensiva. Müller nos quiso amargar la noche hasta que yo
decidí lanzar un atisbo de estampida (lo bueno estaba por llegar). Ash olvidó
su espalda y Petr no se que hizo pero se le coló por arriba, ¡y mira que es
grande! Pero para eso estamos el resto de “guardianes”, nos ayudamos entre
todos.
Córner en el
89, eso o nada. Lo bota “el novato” Juanín, me escapó como quiero de Jeromê Boateng,
Frankie intenta quitarme la posición y el remate, pero aparezco para rematar
con la testa girando mi cuello noventa grados de un modo tan perfecto que perforó
las manos de Neuer. Saludo de capitán general y me santiguo para dar gracias a
Dios. Había marcado el empate a uno y eso nos llevaba a la prórroga. Nosotros
estamos hechos para sufrir y nos da igual lo que venga por delante, el premio
es más grande que todo eso. Todo siguió su curso, el poderoso equipo de Juup
seguía con fuerza y nosotros manteníamos firme nuestro escudo. Llegó el momento
decisivo, los penaltys. Todos disfrutaron de su turno, unos más y otros menos
(a Schweinsteiger, Olic y a mi amigo Juanín se les atragantaron), y llegó el
mío.
No era un
penalti cualquiera, si lo marcaba, hacía campeón a mi equipo. Yo tenía el poder
en ese momento, tenía la sartén cogida por el mango. El corazón me palpitaba
igual, no me aceleré ni un instante, estaba muy tranquilo. Cogí el gafado balón
que había dejado Bastian y lo lleve con las dos manos hacia el punto fatídico.
Pise el punto y deposité el balón. A continuación, agachado, me coloqué las
medias y me levanté. Con las manos en la cintura y partiendo en línea con el
balón, di tres pasos para atrás: derecha, izquierda, derecha; y me aproximé
medio paso para adelante, al contrario que Proença, quién se echó para atrás
dispuesto a pitar. El Allianz me miraba, Londres me miraba, toda Europa me
miraba. ¡Tenía en mis manos el máximo trofeo del continente y el primero de la
historia de mi equipo! Recordé las palabras de John. Estaba dispuesto. Expiré y
saqué el aire mientras resoplaba.
El árbitro
pitó y al instante di el primer paso con la derecha, deje la izquierda clavada
para depositar todo el apoyo del disparo y ejecuté con toda la fuerza y
precisión del mundo con mi derecha. A mi izquierda, a su derecha, él se tiró al
revés: a mi derecha, a su izquierda. Fue perfecta para adentro. ¡¡Lo había
logrado, éramos campeones!! Salí disparado a abrazar a Cech pero antes no faltó
mi señal de la cruz, Dios forma parte de todo esto, y mi cara de incredulidad,
no me lo creía. Agité la mano como diciendo: “Madre mía, ¿esto lo acabo de
hacer yo?”. Sigo sin creérmelo, de hecho. En apenas cuatro segundos tenía a
toda la plantilla, artífice del éxito, encima de mí, era el pan de debajo de un
sándwich. Me levanté, recorrí todo el campo para descargar adrenalina mientras
celebraba el triunfo con los aficionados, parte importantísima de este éxito.
Cuando acabe, me fundí en un “tri-abrazo” con Terry y Frankie, fue
enternecedor. La imagen fue espectacular, los tres cogidos por los hombros y
mirándonos con la convicción que nos unía. Tras mi celebración, dediqué un rato
a los que lo necesitaban. No fue para engrandecer mi imagen, que la
engrandeció, sino porque me salió del corazón. Abracé a Bastian y Robben y
charlé un rato con ellos por separado, necesitaban mi consuelo y no dudé en
dárselo. Ellos son muy grandes y me lo agradecieron.
Ahora en
frío, tras recordar todo, se me vienen escalofríos y se me pone la piel de
gallina. ¿Lo mejor que me ha pasado en la vida? Si, sin duda. La vieja guardia
nunca se rinde y lo demostró. La copa debía ser azul por un año. No hay mejor
manera de llevar a cabo tu última estampida.
Artículo escrito por Álvaro Francés.
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La esfera de cuero
















